Que Hacer?

Dos agravios recorren México.

La soberanía se ha debilitado. Éste es el primer agravio. Y el segundo es que la pobreza se amplía entre la mayoría de los mexicanos. Ante estos agravios que lastiman profundamente al pueblo de México, construyamos una verdadera regeneración nacional.

La soberanía está en riesgo cuando bandas de delincuentes amagan amplias zonas del país, y cuando agencias extranjeras deciden acciones dentro de México que son exclusivas de la nación. Al mismo tiempo, la pobreza es la violencia cotidiana, ordinaria sistemática, la más agresiva contra millones de mexicanos. coexiste igualdad ante la ley cuando la justicia social está ausente.

México no es una nación fallida. Tiene un Estado debilitado, pero la fortaleza de la nación radica en sus lazos sociales, sus arreglos institucionales y su memoria histórica. La nación tiene un pueblo, no gente. No hay terrorismo ni narcoterrorimso, ni los cárteles han suplantado al Estado. En realidad, han aprovechado su debilidad y su estrategia controvertida.

Ante estas dos afrentas, urge responder primero la pregunta: ¿Qué queremos? En palabras sencillas pero profundas hay que decirlo con claridad y firmeza: los mexicanos queremos soberanía y justicia para hacer realidad la libertad. Es decir, queremos que México permanezca como nación soberana y que se abatan los niveles abismales de pobreza. La soberanía y la justicia son los dos principios fundacionales de la nación mexicana, y de su consecución depende su permanencia. Sin soberanía y sin justicia nuestra nación pone en riesgo su misma existencia.

Queremos un México soberano. Soberanía que implica que sean los mexicanos los que decidan sobre su propio destino. Que ese destino tenga contenido: Justicia para hacer realidad la libertad y democracia con fundamento republicano.

La soberanía requiere un estado legítimo con poder para decidir sobre las reglas de su territorio y con poder par hacerlas efectivas. La soberanía reside en la nación, no en el Estado. el soberano es el pueblo, que es muy diferente cuando un sistema es justo y significa que ese poder se ejerce por el pueblo y para el pueblo: eso es una democracia republicana. Si se ejerce sin consenso es tiranía.

Ésta es la hora de los ciudadanos. Participativos, conscientes y autónomos del Estado. Se propone una alternativa que alienta a la ciudadanía organizada a hacer por sí misma lo que nadie hará por ella: la alternativa es la práctica cívica.

En la actualidad muchos hablan acerca de “propuestas progresistas”, pero el contenido de sus actos los traiciona. Son los neoliberales y los neopopulistas, las dos opciones dominantes hoy en México. El neoliberalismo se hizo del poder a partir de 1995y ha dejado a la ciudadanía desarticulada y a merced de los abusos del mercado. Los neopopulistas, por su parte, han echado mano una y otra vez de métodos clientelas para controlar la capital de la República. Ahora practican el movimiento llamado “Morena”, pero se ha señalado que lo mantienen mediante el acarreo y el uso de recursos públicos.

Ni libre competencia es sinónimo de sociedad libre, ni Estado interventor lleva a más justicia, Por eso, ante esas dos opciones dominantes, hay que rechazar la doctrina que le atribuye al Estado la responsabilidad de organizar las fuerzas sociales. Se trata de una postura en más de un sentido similar al socialismo de Estado, cuyo fracaso radicó, entre otras cosas, en haber sometido a esas fuerzas en lugar de liberarlas. También rechaza la doctrina que establece al mercado como la realidad absoluta, con una sociedad disminuida y ciudadanos incapaces de transformar su realidad. Ni liberalismo estatal ni socialismo de Estado: la historia atestigua la ineficacia de ambos sistemas.

Sólo una República capaz de estableces una clara distinción entre sociedad y Estado podrá liberar las fuerzas sociales necesarias para la producción, el desarrollo y la justicia.

La propuesta de la democracia republicana se nutre de largas luchas en México. Plantea dar un nuevo jalón reformador para la regeneración nacional. No se trata de meras reformas sueltas, tampoco de alcanzar algunas mejoras mientras se genera más miseria, corrupción, debilitamiento de la soberanía y de la justicia social.

Esta alternativa propone una reforma sistemática. Reconoce que diferentes luchas requieren diferentes estrategias. Se trata de reformas sociopolíticas, de economía social y civiles para defender la soberanía nacional y asegurar mucha más justicia social. Convoca al diálogo y al consenso. Es un largo y difícil camino a la victoria que requiere de la construcción de bases sociales participativas, conscientes y autónomas, capaces de sostener una lucha de posiciones, y el desarrollo de un cuerpo d editas que permita fundar una nueva hegemonía.

Hoy no existen las condiciones para el desarrollo de una estrategia revolucionaria, como las que ocurrieron a fines del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX. Los viejos movimientos revolucionarios por la vía violenta han perdido vigencia ante un nuevo contexto internacional. El escenario tampoco es propicio para resolver los problemas por medio de una acción decisiva. Su dimensión y su complejidad demandan mucho más que un mero golpe de timón.

La democracia republicana entiende la imposibilidad de asumir hoy una estrategia ofensiva. Las circunstancias imponen el esfuerzo a largo plazo, tenaz, decidido, comprometido. Un movimiento de resistencia orientado al desgaste del adversario. Pero no acepta desde un principio las condiciones dadas de la lucha, o sea las condiciones que el adversario establece, sin pensar en cambiarlas antes de la confrontación o buscar otro lugar y tiempo. Se trata de avanzar de una posición a otra, de resistir para pasar a la ofensiva, sin quedarse en el mismo lugar, para ir en pos de algo nuevo, que vaya en la dirección de transformar el sistema realmente en beneficio de los que menos tienen.

El libro que el lector tiene en las manos es una síntesis y una guía de la Democracia Republicana donde se abordan in extenso los temas que aquí se tratan de manera sucinta. Para presentar de un modo más accesible y práctico esta nueva versión, he decidido partir de tres preguntase esenciales: “¿Qué queremos?”, “¿dónde estamos?”, “¿Qué hacer?”, cuestión esta última que se propone como eje del presente trabajo y que indaga sobre las diversas acciones que nuestro país podría llevar a cabo en su camino hacia un futuro se soberanía y justicia.

Para contestar a la interrogante, “¿qué queremos?”, he intentado partir de un adagio clásico: “No hay viento favorable para barco sin rumbo”. Con él en mente, he buscado trazar de manera minuciosa y razonada una ruta concreta hacia los objetivos centrales señalados arriba: soberanía y justicia. Esa ruta es la democracia republicana, nueva etapa del liberalismo social. A la pregunta “¿dónde estamos?”, se responde con un diagnóstico de la realidad nacional e internacional y una reflexión sobre la historia.

La tercera pregunta, “¿qué hacer?”, se la han planteado durante siglos todos los seres humanos, entre ellos el narrador ruso Nikolai Chernishevski, quien tituló así una de sus novelas. “¿Qué hacer= Toma el riesgo”, sostiene uno de los personajes de la obra. Planteada como interrogante, la frase representa un llamado imperativo a la acción. En esa dirección apuntan las propuestas que aquí se plantean, no a partir de las exigencias del proceso electoral más cercano sino con los requerimientos de la próximas generaciones en mente.

¿Qué hacer? Al formular la pregunta nos proponemos definir un problema. No se trata, claro está de plantear como verdades incontrovertibles las alternativas que aquí se aventuran sino de abrir vías de investigación y análisis. La intención es que el lector identifique los problemas y, al hacerlo, contraste lo que aquí se dice con la información de la que dispone, para que al final someta las respuestas a la prueba de ácido de sus propios razonamientos. Sólo así podrá fundar su propio juicio, tal y como propone el historiados John Womacj Jr.

Este libro se postula, entonces, como un llamado a reflexionar y actuar. Hay que leerlo y entenderlo como un trabajo en proceso: sus contenidos no son concluyentes ni pretenden serlo. Al redactarlo he tenido presentes las palabras que Antonio Gramsci escribió para presentar uno de sus llamados recurrentes a fundar un nuevo orden: “(El texto) es una invitación a los mejores y los más conscientes a reflexionar sobre el problema, para que cada uno desde su esfera de competencia empiece a colaborar en la solución […] Quien de manera genuina aspira a un fin tiene también que aspirar a conseguir los medios”. En ese mismo ánimo, esta obra invita a dialogar y trabajar de manera colectiva a todos aquellos que se sientan dispuestos a pensar y actuar, en busca de los medios que nos permitan construir un entorno soberano más justo para todos.

Para la mayoría de los mexicanos los tiempos que corren son de ansiedad y temor. La adversa realidad económica y el dominio del capital especulativo, apoyado por los ideólogos del llamado “espíritu libertario”, tienen al mundo en vilo. Esas políticas han dejado una secuela de inestabilidad e incertidumbre cuya duración es difícil anticipar, aunque según muchos indicios habrá de extenderse durante un largo periodo.

En un mundo globalizado, México no puede sustraerse a este contexto internacional. A lo largo de su historia, nuestro país, especialmente susceptible a las mudanzas del entorno mundial, ha debido adaptarse a las circunstancias y aun modificar de manera extrema sus proyectos, lo mismo que en el ámbito económico que en la esfera social, política cultural.

En el aspecto interno, México vive un periodo de desaliento y temor. El desaliento proviene de la falta de oportunidades económicas. Y el temor de la violencia cotidiana que padece la sociedad entera. Entre muchas consecuencias nocivas, hoy los mexicanos enfrentan los efectos corrosivos de la inseguridad sin duda por la violencia de los cárteles y sus sicarios desalmados. Pero la mayor violencia sistemática, que lesiona a los sectores más desprotegidos. Según cifras oficiales, la pobreza ha explotado en los últimos años. De acuerdo con el Coneval, hasta antes de la crisis mundial, la población en situación de pobreza aumentó en seis millones más. El número total de pobres en el país pasó a ser de 51 millones, prácticamente la mitad de los mexicanos.

El crimen organizado tiene un nuevo rehén: la seguridad de las familias. Crece el miedo ante la evidencia de que los narcotraficantes extienden su violencia sobre regiones cada vez más amplias del país. A mediados de 2011, la cifra de muertos y ejecuciones vinculadas con el crimen organizado durante los últimos cinco años depuraba las 50 mil personas.

A esto se agrega la noticia difundida por la prensa extranjera de que la soberanía del país ha sido comprometida en la lucha contra los cárteles, al poner en manos de agencias extranjeras funciones exclusivas del Estado mexicano o incluso permitirles dar instrucciones a unidades mexicanas de seguridad: “Funcionarios en ambos lados de la frontera afirman que nuevos esfuerzos han sido diseñados para burlar las leyes mexicanas que prohíben que militares y policías extranjeros operen en territorio mexicano, así como contratistas privados extranjeros en labores de seguridad interna”.

Estos tiempos de zozobra y de inseguridad llegan precedidos por la llamada “década perdida” de oportunidades económicas y esperanzas sociales frustradas. La economía nacional está enferma y su deterioro, junto con el daño al ambiente, son la causa principal de la falta de progreso. Y es que por más que en le discurso se quiera sostener lo contrario, no puede hablarse de “avances” ahí donde la miseria crece y disminuyen las posibilidades de una existencia digna. México vive los efectos de una crisis que se ha prolongado por más d e10 años: la desigualdad y la pobreza aumentan, mientras el empleo y el patrimonio de los mexicanos se desploman. Los gobiernos neoliberales han dejado como herencia una economía estancada.

A la población que permaneció dentro del país le tocó padecer las consecuencias de una pésima calidad educativa: según se ha documentado, durante el periodo al que aquí se alude más de la mitad de los jóvenes mexicanos carecía de la información más básica en aritmética, ciencia y lengua española. Al final de la primera década del siglo XXI, casi seis millones de jóvenes mexicanos enfrentaban la falta de educación y de empleo. hasta la fecha muchos de ellos carecen de un apoyo suficiente en materia de salud y viven al margen de una red social participativa y solidaria. Mejorar la calidad del sistema educativo es ya un asunto de seguridad nacional. Al drama de la incertidumbre colectiva en casi todos los tubos (educación, salud, empleo, trabajo, seguridad) se suma el reto constante a las instituciones.

La transición democrática se ha enredado. Hoy las encuestas dan fe de la preocupación y el desencanto de los ciudadanos, en tanto que la migración masiva de mexicanos a los Estados unidos es motivada por el desaliento nacional y crece de manera progresiva ante la falta d oportunidades en el país.

todo esto confirma el desánimo generalizado de los mexicanos. Como corolario, el país ha perdido presencia en el ámbito externo y, por lo tanto, ocupa una débil posición en los foros internacionales y las iniciativas globales. Ante el mundo, México aparece como una nación asfixiada.

Los riesgos se agravan ante la falta de un debate a la altura de las circunstancias. La vida intelectual de la nación se ha empobrecido. En medio de todo esto, los intelectuales orgánicos del neoliberalismo y el neopopulismo se muestran incapaces de promover la hegemonía que se gana al construir consenso sin coerción. en esta atmósfera, lo que impera es la polarización entre versiones simplificadas de la realidad. Dominan los estereotipos promovidos por esos mismos intelectuales.

Hoy más que nunca importa instalar los reclamos y la presencia de las mujeres y los jóvenes en el centro del esfuerzo democrático y republicano. En primer lugar, porque en la agenda de las tareas por cumplir hay una serie de aspectos estructurales estrechamente relacionados con sus demandas más apremiantes. en segundo término, por la manera en que la crisis ha impactado su vida cotidiana. Yo sobre todo porque el presente y el futuro de México resultan impensables sin la capacidad de liderazgo, vocación de entrega y honestidad a toda prueba de sus mujeres y jóvenes.

Un entorno externo en crisis, aunado a las severas dificultades del contexto interno, tienen a la nación en riesgo. Es urgente fortalecer la República para garantizar su futuro. En la democracia republicana, esto es preciso subrayarlo, las organizaciones sociales tienen que ser autónomas del Estado, para que la lucha sea eficaz.

Las nuevas generaciones enfrentan grandes retos. Tal vez por eso sus expectativas están puestas en el campo de lo posible antes que en el terreno de los deseable. Los verdaderos ideales no son de los ilusos, no tienen que ver con el engaño, mucho menos con la mentira. Los jóvenes de hoy, marcados por tanta decepción, son idealistas pero desconfiados. La construcción de la democracias republicana requiere de su ambición y rebeldía para convertir en realidad el propósito de ciudadanos participativos y organizados. Ojalá estas páginas los ayuden a descubrir la manera de orientar su descontento, a pensar estratégicamente, a debatir en la diversidad y participar de manera organizada y consciente. Si en algo contribuye este libro a que encuentren algunas respuestas para la perdurable y renovada pregunta, “¿qué hacer?”, esta obra habrá alcanzado uno de sus más preciados objetivos.

Ciudad de México, 15 de septiembre de 2011.juegos

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